Qué
arduo ser periodista en tiempos de fanatismos e inequidad! Con los años de
ejercicio, que no son pocos, la piel se curte y los sentidos se agudizan; pero,
jamás se pierde la capacidad de asombro. Hacer periodismo en la Venezuela de
hoy es, como nunca, un reto. Porque la realidad llega como una ráfaga de
bofetadas de noticias crueles y sórdidas. Informaciones imposibles de creer
cuyos voceros parecieran la personificación de la maldad. Es difícil no
conmoverse con tantas historias tristes, con las injusticias y los abusos de
poder que desbordan la cotidianidad. Peor aún es saber que, muchas de esas
historias, se replican en cualquier parte de nuestro territorio sin que los
involucrados salten a la palestra.
El
oficio me ha enseñado que muchas de mis opiniones o de mis programas, serán
blanco de la ira del público al que va dirigido. Mis años como comunicador
social están llenos de satisfacciones y gratos momentos; pero, también de
amenazas e insultos que se amparan bajo un anonimato cobarde. Y he allí parte
de la pasión de esta profesión que, cuando se ejerce con apego a la ética, no
es complaciente con nadie. Las opiniones distintas sobre un mismo tema siempre
existirán porque, inevitablemente, entran en juego la subjetividad y las
percepciones de los receptores del mensaje.
Si
algo he aprendido en el desempeño del periodismo, es que nadie es el dueño
absoluto de la verdad. Por eso, siempre es bueno presentar los dos lados de una
misma moneda: las versiones de las partes involucradas en un mismo hecho, para
que sea el público quien, al final, se forme su propio criterio. No siempre
logramos exponer todos los puntos de vista. No siempre es fácil acceder al otro
lado de la información. No siempre las personas envueltas en la misma noticia
quieren hacer público sus planteamientos…no obstante, siempre tendrán la opción
del derecho a réplica. Un derecho que implica dar la cara y salir a la luz
pública con nombre y apellido.
A
lo largo de mis años como periodista he vivido situaciones que lejos de
amilanarme, me fortalecen. Me ha tocado ser testigo de esta polarización
extrema en la que, ofendes a un grupo o a otro por el simple hecho de abrirle
el micrófono a los representantes de cualquiera de los bandos. Las susceptibilidades
están a flor de piel. Y la violencia verbal engatillada, lista para detonarse y
arrojar estiércol. La ceguera ideológica tiene como lazarillo a la ira y está
llevándose hacia el abismo a una población otrora sana y decente, que creía en
el país y en la buena voluntad de sus líderes ¿En qué nos ha transformado este
régimen? ¿Qué nos pasó a los venezolanos? ¿Cuándo perdimos esa solidaridad y el
respeto mutuo que nos identificaba? ¿Cuándo nos volvimos tan hostiles? ¿Por qué
tanto cinismo?
Los
“atacadores” de oficio siempre han existido, sin duda alguna. Claro que, ahora,
con el fenómeno de las redes sociales la crítica y los ataques se han hecho
inmediatos. En tiempo real, proliferan las reacciones, las opiniones y la
participación del público. Las opiniones, buenas o malas, llueven. He perdido
la cuenta de las ocasiones en las que, por entrevistar a los representantes de
la oposición o a personas notables que no tienen miedo de denunciar al régimen,
mi Twitter se llena de ataques e insultos oficialistas. Hubo una ocasión en la
que escribí un artículo que no les gustó a los chavistas y, en cuestión de
horas, se abrieron ciento de cuentas nuevas en la red del pajarito para tuitear
el mismo mensaje en mi contra. Puro “copy y paste” sin cambiar ni una coma en
rechazo a mis ideas. Pero, también me ha sorprendido que, radicales de la
oposición, asuman la misma conducta del bando al que se le oponen. Entonces, al
actuar igual, terminan entrando en el mismo saco donde se encuentran los
intolerantes.
Aprovecho
estas líneas para reiterar que, cuando ejerzo la profesión que tanto me
apasiona, lo hago con apego a la ética. Nunca he sido un periodista gobiernero
ni palangrista. Cuando en sus ataques, mis detractores aseguran que he recibido
pagos para decir lo que digo, solo les recuerdo que a sus calumnias y
ldifamaciones no las amparan la ley. Mi posición no obedecerá a los
lineamientos de una tolda política. Mi compromiso es con la libertad de
expresión y la búsqueda de la verdad. Cuando el doctor Rafael Caldera, llegó a
la Presidencia por segunda vez, quiso cerrar su campaña en el programa que yo
conducía. Y lo despedí diciéndole: “Doctor Caldera: si el domingo usted gana
las elecciones, el lunes yo estaré en la oposición”… y siempre ha sido así.
Una
vez, el comunicador social que más he admirado, me definió al periodista como
“un fanático irreductible de la verdad, vocero natural de la comunidad y
defensor íntegro de todas las causas justas”. Sabias palabras las de mi papá,
José Domingo Blanco Yépez: mi modelo, mi maestro, a quien ahora, más que nunca,
agradezco sus enseñanzas.
@mingo


