Es probable que lo ocurrido hace pocas
horas en la población satélite de isla de Margarita, Villa Rosa, durante visita
que dispensa Nicolás Maduro un día después de la llamada Toma de Caracas, fije
el parteaguas de su trágico derrumbe.
Pocos habitantes, audaces e indignados,
en sitio aledaño a una cancha deportiva, desafían al mandatario. Le golpean
cacerolas a su paso.
El caso es que el pueblo pierde el
miedo, a pesar de la represión y el terrorismo de Estado que se incrementan. Y
este, Maduro, haciéndose el jaquetón y bocaza de oficio, opta por bajarse del
vehículo presidencial. Camina por las calles de dicha comarca. Sus habitantes
le propinan el severo cacerolazo al grito de ¡libertad! Y como toro herido de
muerte, en plena faena muge y patea rabioso. Confronta directamente a quienes
le abuchean y no hacen cesar el ruido sobre las pailas que lo ensordecen.
No es ni será el primero ni el último de
los políticos que viva una hora menguada, antes de volver por sus fueros. Sin
embargo, el cacerolazo de Villa Rosa sugiere algo más. Es revelador, es
anunciador.
En vísperas de realizarse en isla de
Margarita la Cumbre de los No Alineados –anhelada por Maduro y sobre todo por
Raúl Castro– y disponerla como suerte de salvavidas, dentro de la marejada del
desprestigio internacional que abraza al gobierno venezolano, el abrebocas es
el drama del rechazo popular a Maduro, ese que sus áulicos le ocultan y que
aquel, a la vez , se resiste a reconocer. El desencuentro de Villa Rosa corre
ahora como pólvora ardiente entre los agentes de seguridad y las avanzadas de
los gobernantes y dignatarios que se harán presentes en isla de Margarita. Es y
será la comidilla.
Como el Rey Desnudo de Hans Christian
Andersen –¡Pero si va desnudo!, grita un niño en plena manifestación–, Nicolás
se descubre engañado por los pícaros y charlatanes del entorno –los Cabello,
los Rodríguez, los Flores, los Rangel– a quienes encomienda comprar tela y
confeccionarle un traje digno de su condición, como líder de multitudes imaginarias;
pero estos se quedan con el oro y el moro antes de que finalice la bochornosa
trama y la policía política, como hiena al acecho, allane casas, encarcele
pobladores.
El cuento –ignorado, ¡qué duda cabe!,
por el atribulado inquilino del Palacio de Miraflores– tiene su moraleja: la
mentira, como política de Estado, de ordinario fabricada por hombres bajos,
aduladores viles, delatores pérfidos, malvados enormes, políticos falaces que
usan y se sirven del gendarme de ocasión –copio los giros de Picornell– siempre
pisa sobre lodo cenagoso: me refiero a la mentira y no solo a su mayor víctima.
Al concluir la Toma de Caracas y la
paralela concentración oficialista del pasado 1S, al teniente Cabello no se le
ocurre –¡oh genialidad!– sino usar una vieja foto de archivo que hace correr
entre los suyos, para ocultarle a Maduro su barranco: perdió la calle y es
enjuta, macilenta, la reunión que le organizan sus funcionarios en la avenida
Bolívar.
El otrora vicepresidente, enfermo del
oído y de vista corta por nonagenario, allí presente, confunde el velorio
oficial con el deslave o tsunami de sus adversarios en la zona este de la
capital: “En la marcha opositora solo hay 30.000 personas”, dice José Vicente
Rangel. Y es esa la cifra exacta de la militancia disgregada que ocupa el
régimen y tiene ante sí, en el tercio de una vía pública que mide 1.300 m por
42 m de ancho.
¿Cómo falsearle a Maduro o no darse
cuenta este de que el país, cuyas gentes no le respetan y hasta le desprecian
con hilaridad, logran pleno en 3 arterias que suman 18 km?
Los habitantes de Villa Rosa, gente
inocente, afectada por el hambre y la falta de medicinas –como el niño de
Andersen y en la fábula que se dice la inspira El conde Lucanor, escrito por
Juan Miguel en el siglo XIV– le espetan a Maduro que está desnudo; le toman por
los hombros y a ruido batiente le despiertan de su sueño dionisíaco. De allí
que al toparse con lo real su primera reacción sea el intento de irse a los
puños al ritmo de las cacerolas: todos recordamos al diputado, hoy presidente,
que se lía a golpes en la Asamblea y, más luego, gobernante, los ofrece a su
coterráneo, Álvaro Uribe Vélez.
Nadie puede predecir cuál y cómo será el
desenlace venezolano. Lo veraz es que el gobierno agoniza en terapia, enfermo
de aislamiento y cerebralmente cadáver. El invento modélico del socialismo del
siglo XXI –el intento de acabar a la democracia para instaurar una revolución
marxista mediante los votos de la propia democracia– está siendo enterrado por
obra de su mendacidad raizal. El Cronos de la revolución, que se engulle a sus
hijos luego de asesinar a su padre, a la libertad, regurgita con fuerza,
enloquecido con las cacerolas de Villa Rosa.


