Si el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente, Cilia
Flores es una absoluta corrupta.
Su ambición autocrática es a un tiempo escandalosa y siniestra. No tiene
límites. Encarna la corrupción absoluta del madurismo. Se adueña de todo y de
todos, y lo hace como una déspota, es despiadada. No lo digo yo, es el rumor a
voces dentro chavismo. Nadie la soporta por vil.
Cuando Ramón del Valle-Inclán escribió su celebrada novela el “Tirano
Banderas” no imaginó que se anticipaba a los tiempos venezolanos del siglo XXI.
Su Tirano no sería un hombre, sino una mujer; su apellido no sería Banderas,
sino Flores.
Lo cierto es que la tirana actúa de manera sin vergüenza y descarada:
demasiado “bandera”.
La Tirana bandera, Cilia Flores, junto a su monigote Nicolás, sus hijos,
hermanos y sobrinos, son las hienas devorando la carroña de la administración
pública y de la justicia de Venezuela.
Tienen hambre, mucha hambre.
De mosquita muerta a mosquita hambrienta:
Desde que ha mostrado el rostro en territorio político y husmeado el poder
con su hocico dictatorial, la tirana bandera -en el argot narcoterrorista de
las FARC: alias “Primera Combatiente- ha manifestado un apetito de riqueza y
poder descarados.
Babea ante cada oportunidad o puesto político. Es la efigie rapaz de la
voracidad madurista, hasta a los Chávez supera. Que es mucho decir.
No perdona nada, quiere todos los puestos para ella, quiere el poder
absoluto para facilitar su absoluta corrupción.
Con fría perversidad conquistó la confianza del embalsamado infinito, Hugo
Chávez. Comenzó como abogada del golpista traidor y finalizó como la
Procuradora del sátrapa supremo.
Una vida devota que llegó al límite de la fría perversidad cuando le
concedió al “Comandante Infinito” la facultad de juguetear con su pareja,
Nicolás Maduro. Ella sabía que se ganaría el cielo político con esto. Lo hizo,
insisto, es calculadora. Se lo ganó.
Muerto Chávez y humillados y execrados los familiares de éste -hazaña que
Cilia completó con tal frialdad que hasta Maquiavelo habría aplaudido-, la
voracidad de la primera tirana combatiente no ha tenido límites.
Lo controla todo, lo maneja todo. Es despiadada. Insospechadamente se ha
llevado por delante a cuánto ícono chavista se le ha cruzado en el camino,
Mario Silva entre otros.
Nadie imaginó jamás que la otrora mosquita muerta del chavismo devendría la
mandamás del madurismo: la mosquita más viva y hambrienta. Ni los
revolucionarios, ni la familia Chávez, ni la nomenklatura chavista. Nadie.
Por cierto, ni el gordinflón Diosdado Cabello quien tarde o temprano será
pasado al cadalso. ¿No lo creen?, pues escucho apuestas. La verdugo Cilia
decapitará a Cabello como decapitó a tantos otros, entre ellos a María Gabriela
Chávez (a quien acusa de ser una “zorrita”, una vergüenza total para el
madurismo).
La mujer del guachoma:
En una reciente visita al estado de Sinaloa México, otrora tierra de
carteles de la droga, crimen organizado, socialismo y escándalo, me hablaron de
un tipo de personaje muy singular en esa fauna del terror que representa el
narcotráfico y el socialismo del siglo XXI (son lo mismo).
Le llaman el “guachoma”, es decir: el “guardaespaldas”, “chofer” y “mayate”
(amante) del jefe del cartel. La palabra se acuña con las primeras letras de
cada una de ellas. ¿Pueden creerlo? Ellos ya lo sabían, cuestión de entender
las mafias.
No invento, es una categoría sociológica de los mafiosos y los políticos
mexicanos. El guachoma ama, conduce y guarda la “espalda” de su jefe. Digamos,
como Maduro y Chávez. Idéntico.
Me resultó curioso pero muy descriptivo el término. Parece que es una
práctica conocida entre bandoleros latinoamericanos que el “Líder Comandante”
de una organización criminal o política tenga su guachoma, es decir, su leal
juguetito sexual.
En Venezuela, ya sabemos, Maduro fue el guachoma de Chávez y Cilia Flores
es la mujer del guachoma. Chávez usaba los servicios de su “guardaespaldas,
chofer y mayate (amante)”, de su guachoma, para hacer más placentero el poder;
Cilia lo usa, al guachoma de Chávez, para hacerse de poder.
Perversa y corrupta, Cilia Flores va por el régimen acomodando sus piezas.
Lo déspota, lo bandera de su tiranía, sucede en la imposición y el control.
Como señalé antes, la lista de esposos, hijos, sobrinos, amantes y amigos es
grotescamente larga. Sería imposible enumerarlos en esta entrega.
Averigüen, se asombrarán.
El esperpento:
Valle-Inclán creó un género literario que llamó el esperpento, en él se
deforma la realidad, recargando lo grotesco que hay en ella. Lo esperpéntico es
algo que se destaca por su fealdad, su desaliño y chabacanería.
Cilia Flores forma parte de esa realidad grotesca que es la Venezuela del
madurismo. Es la versión mejor acabada del esperpento. No sólo por su aspecto
físico, que es tétrico, sino por su perfidia moral y su maquiavélica
corrupción.
Nadie, a parte de Chávez, ha detentado tanto poder como ella y nadie ha
sido tan descarado y “bandera” para usarlo como esta tiranuela.
Cilia se comporta como la perfecta malvada de las películas de Walt Disney.
Es una y es todas: la madrastra de la Cenicienta; la Maléfica de la Bella
Durmiente, la reina mala de Blanca Nieves; la Cruella Devil de los dálmatas.
Además se les parece. ¿O no?
Pero como todo esperpento malévolo, como todo mal, conocerá su fin; el bien
la derrotará. Sabemos que luchará y usará todos sus recursos para mantener su
fría perversidad en el poder, pero será imposible.
No serán las bellas durmientes ni las cenicientas de la muda oposición
quienes la detengan, será ella misma, se carcomerá por dentro, se pudrirá como
su alma antes de que pudra a toda Venezuela.
Lo verán, lo veremos. El chavismo lo celebrará, nosotros simplemente
seguiremos.
Venezuela no es ella ni sus hienas. Venezuela es un mosaico de espíritus
plurales, nobles, visionarios y lúcidos que se organiza para la revancha.
Tú eres uno de ellos, yo también. ¿Nos dejaremos aplastar por la tiranuela
Cilia o por el guachoma Nicolás? Ni de vaina.
Nuestra indignación se ha organizado, esto apenas comienza…
*Gustavo Tovar Arroyo, Abogado, escritor, poeta, educador y activista de
los Derechos Humanos.
Por: Gustavo Tovar Arroyo

