El feliz
ritornelo anual determina que los niños y jóvenes de la colectividad regresen a
las aulas de escuelas, colegios, liceos y universidades de toda la nación. No
estamos convencidos de que en esta oportunidad se le haya concedido la
importancia que tiene para cada uno de los estudiantes y para la sociedad en su
conjunto. Las fechas de inicio de cada grupo son incógnitas, indeterminadas.
Para nadie es secreto
que el régimen que nos destruye tiene entre sus prioridades la destrucción
progresiva del sistema educativo nacional. La demostración es facilísima. La
planta educativa pública está en estado deplorable. No resiste la menor
inspección. Sus techos son coladores. Sus sanitarios son un asco. Sus aulas
alojan pupitres destrozados. Las áreas de expansión y recreación, si las hay,
son tierras inhóspitas. El personal de profesores y maestros recibe salarios
mínimos que no les permiten vivir. La seguridad social para estos trabajadores,
que tienen la responsabilidad de construir el futuro de nuestros hijos y
nietos, es en el mejor de los casos una limosna.
Si analizamos la
educación privada, no hay demasiadas diferencias. El control de los precios de
las mensualidades, que se ejerce de forma draconiana, viene ampliamente
desfasado con los perniciosos avances de la inflación, que es responsabilidad
directa y única del régimen que nos destruye. Los maestros y profesores de las
escuelas y colegios privados ganan (sic), mejor dicho, pierden salarios de
hambre. Inferiores a los de casi cualquier trabajador de la sociedad. En los
planteles privados se han eliminado casi todas las actividades que eran
complementarias a la instrucción de los párvulos.
Las universidades no
están en situación distinta. El cerco económico es criminal. La Universidad
Central de Venezuela, que debería ser mimada por toda la sociedad venezolana y
muy especialmente por quienes se creen sus conductores, hoy no puede realizar
muchas de sus actividades deseadas y necesarias, no puede pagar a sus
profesores y el mezquino presupuesto que recibe en tres plazos (tarde, mal y
nunca) se compromete en los lánguidos pagos de jubilaciones y tristes atenciones
sociales a sus profesores y empleados. Los centros de investigación han tenido
la necesidad de renunciar a la suscripción de publicaciones imprescindibles
para que cada instituto se entere de lo que sucede en sus pares mundiales. El
ejemplo de la universidad que decretó el Libertador es común en todas las
universidades públicas. Las privadas no están mucho mejor.
No hablemos de la
tragedia que se les presenta a los padres de los alumnos. El salario de cada
jefe de familia es escaso y agredido de manera medular por la inflación, por el
desmadre de los precios, y tienen que afrontar la posibilidad de que sus hijos
sean impedidos de asistir a clases si no tienen completos sus libros y
“utensilios” o si no tienen el prescrito uniforme. ¡Qué barbaridad!
No dejemos de
ocuparnos del intervencionismo oficial en los programas de educación. El
régimen que nos destruye decreta nuevos “programas oficiales”, de obligatorio
cumplimiento, que solo se preocupan por promover su triste comunismo y sus
desafortunados valores y pseudo paradigmas.
Mientras tanto,
escuchemos a Don Quijote: “Sancho, ladran los perros, significa que avanzamos”.
Creemos
imprescindible un cambio medular de la política educativa nacional. Hace falta
que estudiemos lo que hacen los países que tienen los mejores desempeños y
resultados. Debemos someternos a las mejores evaluaciones mundiales.
Necesitamos preparar a nuestra juventud y dotarla de los mejores conocimientos.
Es una obligación.
RAFAEL862@YAHOO.COM / @RAFAEL862

