Soy parte de una Venezuela que se pregunta “¿cómo llegamos a esto?”
No
sé si sea prudente mandarme este artículo en un momento tan sensible como el
que está viviendo la nación, pero me siento en la necesidad de escribirlo.
Pidieron abrir el debate sobre la conducción opositora y yo lo hago con
desinterés, como parte de una reflexión que en voz alta nos hacemos la mayoría
de los venezolanos: ¿qué nos pasa?, ¿por qué no reaccionamos con más
contundencia ante tanto atropello chavista?
¿Dónde
está el “bravo pueblo”?
La fuerza
es la unión
Soy firme
defensor de la Unidad y lo seguiré siendo. Como lo he sostenido en reiteradas
ocasiones, para lograr nuestro tránsito de la dictadura a la democracia debemos
permanecer unidos pese a antipatías y diferencias. La fuerza es la unión, sin
duda.
Esta
crítica es parte del debate, solo eso. No debe percibirse como una afrenta
divisionista de la oposición porque no lo es. Debe ser interpretada como parte
de la discusión que debemos dar los que queremos libertad, justicia, democracia
y prosperidad para Venezuela, en el corto plazo.
Claro,
los que quieren extender la agonía, los que están dispuestos a darle
permanencia a la ruina, los que sin estupor señalan que no hay que buscarle
atajos al suplicio, puede que se ofendan.
Ni modo.
Un
sublime aliento
Seré
sutil pero honesto, intentaré no herir susceptibilidades pero mantendré la
franqueza. Hablo por muchos, por la mayoría, no solo por los que están en el
exilio, sino también por aquellos que aun estando en Venezuela se sienten
extranjeros del vandálico delirio chavista.
Soy parte
de una Venezuela que se pregunta “¿cómo llegamos a esto?”, pero que no se ha
quedado en el lamento, que ha actuado. En mi caso, es difícil, muy difícil, que
alguien me dé lecciones morales o políticas. Con mis propios recursos y
esfuerzo, no me fui a los barrios a regalar sardinas o a pintar caritas
felices, me fui a las universidades a formar y motivar a decenas de miles de
jóvenes para que participaran, con sublime aliento, en la invención y creación
de la Venezuela de sus sueños. No de mis sueños, en el de cada uno de ellos.
Hoy muchos son diputados, alcaldes e insignes activistas de la democracia y
libertad, recios defensores de derechos humanos.
No regalé
sardinas enlatadas, formé para que otros las pescasen por sí mismos.
Compatriotas
fieles
¿Tengo
derecho de opinar o soy un pobre en la choza del exilio que ni siquiera
libertad de expresión puede pedir? Si estuviera en Venezuela estuviese preso,
torturado o muerto. ¿Soy así más útil?
No soy ni
me siento un apantuflado, más bien soy, compatriotas fieles, un descalzo. Y los
descalzos tendemos a responder con pasión y soltura: la tierra se pronuncia a
nuestros pasos, pulsa nuestra desnudez con el latido de los tiempos y emana su
ardor hasta el incendio total de nuestro espíritu.
Los
venezolanos estamos incendiados de amor por nuestra tierra, ardemos con ella,
la vivimos, la sentimos, la agonizamos. En el exilio o en casa, presos o
libres, apantuflados o descalzos.
Nada ni
nadie impone nuestro patriotismo, mucho menos los disfrazados o los rendidos.
Mucho
menos ellos.
¿Y si
levanta la voz?
Henrique
Capriles, otra vez, vuelve a desconcertarnos con señalamientos que por
caricaturescos no dejan de ser infelices. Acusó a los “empantuflados” (sic)
venezolanos que desde el exilio manifestaban su crítica hacia la Mesa de la
Unidad (MUD) por lo que consideraban una conducción errática y excesivamente
benevolente con las violaciones flagrantes de la ley y de la Constitución del
régimen. Críticas a todas luces racionales, que no deberían motivar ataques de
histeria sino reflexión, comprensión y discusión.
Los
invitó –Henrique a los exiliados– a regresar al país y “luchar” (imagino que
como él) contra el despotismo chavista, a fajarse sin pantuflas, quizá con
alpargatas (por aquello de los disfraces), contra la “democracia imperfecta”
que es el chavismo.
Haciendo
uso de la palabra en el debate, uno se pregunta: ¿luchar o claudicar?
El
ejemplo que Yon Goicoechea desde Caracas dio
A
diferencia de Henrique Capriles, el joven Yon Goicoechea como líder del
movimiento estudiantil sí logró derrotar en 2007 a Hugo Chávez (en plena
apoteosis) y además logró cobrar esa victoria. Un ejemplo de valor, compromiso
y coraje que, organizado y movilizado a través del voto y la protesta, doblegó
al sátrapa y dejó boquiabierto a medio mundo.
Después
de trastabillar por traición e inexperiencia en la jungla política venezolana,
Goicoechea hizo una pausa, se casó, inició una familia, tuvo hijos (tarea
complicada para los que la conocemos), decidió salir al exterior
–¿apuntuflarse?– a formarse académica y profesionalmente en Estados Unidos y
España y, para sorpresa de todos, volvió para “luchar” (no rendirse) por su
país.
Como
sabemos, al poco tiempo de regresar fue injusta y criminalmente encarcelado,
está siendo maltratado y torturado por Diosdi Cabello y sus secuaces, y pocos
han levantado la voz para enaltecer el dignísimo ejemplo que Yon en Caracas dio
o cuando menos para defenderlo. ¡Increíble! Lo mismo ocurrió con Manuel
Rosales.
¿Cómo
contrasta dichos casos Capriles con sus disparatados reclamos a los venezolanos
en el exilio? ¿Nos sigue recomendando que regresemos? ¿Me visitará en la cárcel
como yo lo visité a él?
¿O hará
lo mismo que con Goicoechea y Rosales?
El tiempo
perfecto del Supremo Autor
Pese a
mis críticas, todas ellas provocadas por el debate político, el Henrique que
conozco es un extraordinario ser humano, sacrificado, noble, admirable por su
entrega y por su capacidad de trabajo como servidor público. Si estuviésemos
viviendo condiciones políticas normales no me queda duda de que podría ser un
líder que marcase un tiempo de bienestar y progreso históricos. Pero estamos
ante una dictadura criminal, de las más despiadadas y cínicas que haya conocido
Venezuela, y en los momentos cruciales Capriles ha claudicado (todas las
claudicaciones tienen justificaciones, lo que importa es el resultado de la
claudicación y la de Capriles en 2013 resultó en gran medida nuestra catástrofe
actual).
Este año,
como lo hizo en las elecciones presidenciales contra Chávez y contra Maduro,
Henrique Capriles se ha fajado para alcanzar una salida electoral del régimen a
través del revocatorio. Se lo hemos reconocido y hemos enfilado nuestro apoyo
público a su esfuerzo.
Todo
indica que el chavismo desconocerá –otra vez– la voluntad del pueblo que quiere
cambio, que violará –otra vez– la Constitución y negará –otra vez– el derecho
ciudadano de cambiar democráticamente a sus gobernantes. Todo indica que no
habrá revocatorio en 2016. Otro inconcebible fraude histórico.
La
pregunta es: ¿qué hará Capriles en esta ocasión que sí cuenta con un masivo y
determinante apoyo popular? ¿Volverá a claudicar? No quiero adelantar
pronóstico, solo espero que el reloj divino de Dios ahora sí le muestre a
Henrique el tiempo perfecto. Se requiere mucho temple para asumir con bravura
popular la hora de gritar con brío: ¡muera la opresión!
¿Lo
tendrá?
El nacional


