El Comité Noruego premia las buenas intenciones y no la paz de verdad
Con el galardón al presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, el Comité Noruego demuestra que
reconoce las buenas intenciones en lugar de una paz de verdad.
No todos los que ganan el
Premio Nobel de Paz son indignos de éste.Lech Walesa, Andrei Sakharov, Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo lo ganaron por exigir derechos humanos
y democracia de regímenes despóticos. Menachem Begin y Anwar Sadat, y posteriormenteNelson Mandela y F.W. de Klerk, pusieron a un lado
las enemistades para forjar una paz duradera. George
Marshall ayudó a salvar a Europa
del caos. Norman Borlaug salvó a buena parte del mundo de la
hambruna.
Pero
estas son excepciones a una regla en la que el premio es otorgado a los
defensores de paces falsas e intenciones buenas e ingenuas. Ese fue el caso el
viernes cuando el Comité Noruego del Nobel otorgó el honor al presidente de
Colombia, Juan Manuel Santos, quien últimamente ha estado en los titulares
porque no logró persuadir a los votantes colombianos a que apoyaran un acuerdo
de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).
No es que Santos no gane
puntos por intentarlo. El mandatario pasó cinco años tratando de negociar un
pacto de paz con las FARC. El acuerdo de 297 páginas al que llegó en agosto en
La Habana fue elogiado por todos, desde Raúl
Castro hasta John Kerry, como la mejor forma de poner fin al
conflicto armado.
Los
colombianos pensaron diferente, y con justa razón. Después de ser aterrorizados
por las FARC durante 50 años, no se inclinaron a aceptar un acuerdo que les
daría a los líderes de las FARC casi impunidad absoluta, les garantizaría
escaños en el Congreso o les permitiría amplificar su propaganda en los medios.
“Sin justicia no hay paz” es un lema de la izquierda, que los colombianos, para
variar, resolvieron usar contra la izquierda.
El voto
fue un reconocimiento al buen juicio de los colombianos que quieren vencer a
las FARC, no hacer arreglos con el grupo guerrillero. Pero también fue un
reproche a la decisión y valores del Comité del Nobel, que en su anuncio
insistió que sólo a través de “un proceso de paz y reconciliación” podría el
país “resolver efectivamente desafíos mayores como la pobreza, la injusticia
social y la delincuencia relacionada al narcotráfico”.
A
Colombia la ha ido bien sin un acuerdo de paz, principalmente por que el
gobierno anterior de Álvaro Uribe
Vélez decidió defender la
democracia a través del endurecimiento militar y reformas de libre mercado. El
hecho de que hay que luchar por la paz y la libertad es una verdad que el
Comité del Nobel ha ignorado por mucho tiempo, prefiriendo a cambio honrar a
los autores de gestos vacíos.
Esto llevó a que el premio de
1929 fuera al Secretario de Estado de Estados Unidos Frank Kellogg por un tratado que prohíbe la guerra,
lo que resultó prematuro, y al político británico Arthur Hendersonen 1934 por su trabajo
en la Liga de Naciones “particularmente por su trabajo en desarme”, y al
presidente de EE.UU., Barack Obama, en 2009, antes de que su retirada de
Medio Oriente llevara al levantamiento de Estado Islámico.
Todo
esto sería de poca importancia si no fuera por las oportunidades perdidas de
enseñarle al mundo quiénes son realmente los promotores de la paz. Winston
Churchill nunca ganó un Premio Nobel de Paz aunque hizo mucho por salvar al
mundo del totalitarismo. Lo mismo sucedió con el canciller alemán Helmut Schmidt, quien insistió en basar las armas
nucleares estadounidenses en Alemania, y Ronald Reagan, que vislumbró la
victoria en la Guerra Fría.
En el
caso de Colombia, el hombre que merece el premio es Uribe, cuya campaña contra
las FARC facilitó la vida de millones de colombianos. Esta es una lección
perdida en las almas bien intencionadas de Oslo que pretenden que la paz que
disfrutan ha sido ganada solo con buenas intenciones.
THE WALL STREET JOURNAL


