En Venezuela es peligroso asomarse a la verdad, porque la realidad es
enemiga del estado
Sobran los adjetivos. Esto
es algo más que una dictadura. Es un experimento totalitario. Un ensayo
doméstico que, como señalaba Hannah Arend, “pretende la constante
transformación de la realidad en ficción”. Para los que están al frente de ese
intento terrible y cruel el poder no es para servir al ciudadano sino para
mantener un constante enfrentamiento con la realidad, tratando infructuosamente
de hacer valer sus propios puntos de vista a través de la organización que
dicen tener, y la propaganda con la que nos aplastan comunicacionalmente.
Valdría la pena hacer el
inventario de lo que dice esa propaganda y de los datos de la realidad. Desde
los célebres “Fundos Zamoranos” hasta los CLAPS, la última invención del
socialismo del siglo XXI, en todos los casos no ha habido sino esfuerzos
infructuosos, bien vendidos por la hegemonía informativa y mejor resguardados
por los efectos de la represión política. Un fracaso se olvida porque la
tensión y la atención se coloca en otro evento. Y eso nos hace perder foco y
sentido de realidad. Somos reactivos a una patraña que se nos va entregando por
capítulos y que nos impide hacer una composición de tiempo y de lugar que sea
razonable. En Venezuela es peligroso asomarse a la verdad, porque la
realidad es enemiga del estado. Un estado, eso sí, complejo, con escenarios
montados con sutileza, con bufones, héroes, villanos, protagonistas y
personajes secundarios, y un guionista que pretende mantener la tensión de cada
entrega para que la gente no pierda el interés. Por eso mismo no hay peor
peligro para el régimen que aquellos que no se atienen al guión. Esos terminan
presos, exterminados o simplemente sacados de la serie. Este totalitarismo
tropical se vive como una telenovela. Un solo libretista, muchos personajes
pautados, y la pretensión de que haya un solo final posible, la permanencia del
régimen. La fortaleza del guión es la atención que podamos prestarle. Hannah
Arend siempre puso de relieve que “el poder tiene sus raíces en la colaboración
voluntaria. Pertenece a un grupo y conserva su existencia solo en tanto y
cuanto ese grupo permanece unido”. Valdría la pena preguntarse si somos
nosotros los que mantenemos la fuerza del régimen. Si paradójicamente somos la
razón de su permanencia. Si somos la tierra donde el totalitarismo ha echado
raíces. Si somos la antítesis necesaria.
La trampa del guión totalitario
es que nos mantiene unidos en la misma expectación. Haber asumido su neolengua,
pensar y actuar en sus términos, interactuar sumisamente con sus instituciones,
tener las mismas expectativas, querer solamente un cambio de protagonistas,
pero manteniendo la misma trama, nos hace formar parte de esa unidad que
fortalece el sistema y que no nos ha dejado salirnos de este embrollo. Vivimos
un enredo del que somos parte. De allí que no es posible salir si no se
intentan métodos de lucha política colectiva que intenten romper esa
colaboración atenta que mantenemos con esta trama totalitaria. Dejar de pensar
como ellos, movilizar a la población para que tome conciencia de que no hay
alternativa a una realidad que exige cambio, crear rupturas en el sistema de
cooperación inconsciente que alimenta la fortaleza del régimen, objetar
sistemáticamente, confrontar ideas y realidades, exigir cambios sustanciales, y
hacer todo lo que conduzca a la socavación del poder tiene que ser parte
esencial del libreto alternativo. No puede mantenerse un modus vivendi que
sustenta al poder porque quiere jugar con sus reglas. Salir de esto que estamos
viviendo obliga a una ruptura conceptual radical. Esa ruptura implica
imaginar nuevos medios y nuevos fines, incompatibles con los que hasta ahora
hemos considerado. Hay que romper filas.
Hasta ahora hemos vivido una
trágica ficción. Nos han colocado en un sendero en el que parecemos, pero no
somos. Parecemos ciudadanos cuando acatamos las reglas del juego que ellos nos
han impuesto, pero en esa medida nos hemos transformado en siervos y tontos
útiles. Cada vez que ellos apelan a nuestro civismo están queriendo tomar
ventaja. Ellos piden diálogo, nosotros respondemos con lo que es políticamente
correcto y al final del cuento ellos salen más fuertes y nosotros más
debilitados. Ellos piden sujeción a las reglas democráticas, nosotros las
respetamos y ellos las interpretan a su conveniencia. Ellos salen más
fortalecidos y nosotros más debilitados. Ellos piden reconocimiento de sus
instituciones, nosotros las respetamos, nombramos nuestros representantes, y
luego ellos aplican unas reglas que les mantiene en mayoría. Ellos salen
fortalecidos y nosotros debilitados. Cada vez que lanzamos sus dados, no somos
más decentes, solo somos más pendejos.
La gente tiene razón de acusar
agotamiento de tanto insistir con tan pocos resultados. Cansada de este
totalitarismo extendido que miente y agravia. Cansados de la violencia de una
mentira que parece valer más que la realidad. Agotados de la perversidad del
sistema. Agobiados por nuestra reducción a escalas inhumanas. Tristes por la
soledad y la desbandada. Arruinados económicamente y negados a cualquier visión
de futuro. Resignados a reconocernos fatalmente como comparsa de una telenovela
que no quisiéramos que exista, y recorriendo una y otra vez el sendero de la
hegemonía de ellos, que es a la vez nuestra derrota. Vivimos aferrados a una
balsa de la que somos lastre ¿Podemos salir de nuestros propios espejismos?
La realidad nos da la razón. El
socialismo del siglo XXI es la receta perfecta para la miseria. No hay un solo
flanco de realizaciones que contradiga esta afirmación. Estamos arruinados y la
causa es el gobierno. Y si es así tenemos que elaborar la ruptura. No podemos
darles el beneficio de la duda. No podemos seguir permitiendo que ellos nos
piensen y que nosotros seamos la realización de esos pensamientos. La ruptura
tiene que ser emocional, conceptual y en el plano de los resultados. ¿Estamos
preparados para esa ruptura? Significa no esperar nada de ellos. Desasirnos de
cualquier esperanza al respecto. Ellos no van a concedernos nada, ni libertad,
ni prosperidad, ni dignidad. Ellos son el error, nosotros tenemos que elaborar
nuestras verdades y construir nuestros resultados sobre nuestro propio mapa de
ruta y calculando cuál debe ser nuestro destino. Tenemos que empezar a
desobedecer el guión, comenzar a pensar por nosotros mismo, romper con el
rentismo espiritual que nos ata a ellos, y empezar a escribir nuestra propia
historia. ¿Seremos capaces? No podemos tener dos señores, ni dos intereses mal
conjugados. No podemos jugar con Dios y con el diablo, no podemos ser gobierno
y oposición a la vez. No podemos enfrentar el totalitarismo con una mano y con
la otra negociar el presupuesto de una gobernación. Salir de esto implica
trazar una raya y tener identidad clara y definiciones precisas.
Porque el resto paga la dentera.
El resto pasa hambre y sufre una disonancia cognitiva enloquecedora. Y sí, hay
que construir una unidad más amplia y más responsable, mejor balanceada, más
allá de los intereses, jugadas y escenarios de los que quieren ser presidentes
y por eso mismo olvidan la suerte del país. Una unidad menos narcisista y por
eso mismo empática con los que hoy sufren.
Debemos construir una unidad
genuina que nos mantenga juntos, sin exclusiones perversas, sin cálculos
mezquinos, sin cartas escondidas. La unidad es la gran necesidad de este
momento. Unidad de fines, que no es lo mismo que medrar una plataforma unitaria
para conseguir objetivos personales. Martin Luther King decía que la unidad es
la única forma de transformar nuestros deseos en realidades. Pero no una falsa
entidad que luego se nos impone como parte de este totalitarismo autoritario,
sino aquella que nos permita avanzar en términos de ciudadanía y derechos. Una
que nos aliente y nos conforte luego de este largo y azaroso camino que hemos
recorrido a través de esta larga noche de injusticia y opresión. Una que nos
permita practicar el coraje y la determinación de un proceso creciente de
deslegitimación y desobediencia. Una que no siga siendo el concierto de los
fracasos, sino que permita el avance espiritual que todos necesitamos.
Solo así podemos llegar a ser un
ejército poderoso capaz de cambiar realidades, sin divisiones, todos como parte
de un cuerpo que es uno en la esperanza, la fe y la solidaridad. Uno en el
futuro que quiere construir y compartir. Uno en la sed de libertad y respeto.
Uno en la necesidad de justicia e inclusión. Uno en la práctica de la paz. Uno
en la felicidad que se construye para que todos la disfruten.
@vjmc
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