La corresponsal de ABC en Caracas recuerda en su libro
«El ocaso de Chávez» los diálogos que mantuvo con el doctor José Rafael
Marquina, quien adelantó los detalles de su enfermedad y relató la muerte del
«comandante»
El misterio conspiranoico, el
secretismo e incluso la santería marcaron los instantes finales del «caudillo»
Hugo Chávez. El «imbatible comandante» ganó las elecciones de 2012 en sus
últimos días de vida construyendo su mito y perpetuar su legado. Pero el
colapso de su sistema llevaba tiempo gestándose. Acompañado de un séquito tan
sumiso como temeroso, que no quería enrabietar a Chávez con malas noticias, el
mundo hispano nunca siguió con mayor atención los entresijos del tratamiento de
un cáncer. Lo describe la corresponsal de ABC en Caracas, Ludmila Vinogradoff en su nuevo libro «El ocaso de Chávez», donde la periodista recuerda los
diálogos que mantuvo con el doctor José Rafael Marquina hasta la muerte del
«comandante». Fue él quien adelantó los detalles de su enfermedad y
relató la muerte del entonces presidente de Venezuela.
Como cuentan otros biógrafos de Chávez,
éste siempre trató de rodearse de personas afines que consideraba inferiores.
Al final, ¿rodearse de inútiles le mató antes de tiempo?
Tiene que ver. Ellos lo controlaban,
lo tenían medio secuestrado. Chávez se
mostraba muy autónomo, muy mandón, el mandamás, su última palabra era ley, pero
era mentira, porque se rodeó de esta gente ignorante que le aconsejaba las
cosas más negativas, le decían cosas falsas, para ellos continuar así en el
poder. Ellos solos no valían nada, sin Chávez no eran nada, tenían que controlarlo
sin que se diera cuenta para que creyera que él los dominaba a ellos.
El tema de la salud o de operarlo en Cuba,
donde se demostró que no lo trataron correctamente, o Brasil, resume la guerra
de facciones por contentar al líder.
Justamente la corriente que triunfó era la que
aconsejaban los chicos de Podemos: Iglesias, Errejón y Monedero, con los
cubanos. Chávez adoraba a estos chicos, le fascinaban. Estos vínculos no están
muy investigados aún. Prefería mostrar la asesoría de los españoles porque estaban
fuera de toda sospecha comunista.
¿Se habla mucho de Podemos allí?
Se habla muchísimo a raíz de las
informaciones de ABC sobre cuánto se les ha pagado. Se han quedado
estupefactos: caramba, cuánto se han llevado. Por un programa de la moneda
Sucre, que nunca funcionó, Monedero se llevó 400.000 euros. Han esquilmado
Venezuela, desfalcado completamente. Todos los amigotes de Chávez han
chupado y se han aprovechado.
¿Todo lo apuntado en el libro está
confirmado?
Sí, todo. Murió de un infarto. Él confirmaba. Era la
persona más solicitada durante los dos años que duró la agonía de Chávez. Daba
de media 10-15 entrevistas diarias. Tenía fuentes del Gobierno venezolano y
cubanas, era una habilidad técnica y dedicación personal. Nadie se preocupó más
por la salud de Chávez que el doctor Marquina. Su interés era decir la verdad.
Quiso ser la otra cara desde Miami.
«Cuando caiga Maduro, Chávez también
caerá»
El libro empieza y termina con el romance
que tuvo Chávez con la azafata Nidia, ¿por qué hace de hilo conductor a veces?
¿Qué busca con su historia?
Nidia es la parte humana de Chávez. Ella tiene un
papel muy secundario aquí porque estoy reservando el grueso de su romance para
mi próximo libro. Chávez dio vueltas y vueltas al mundo y siempre lo acompañó.
Después de que se divorciara de María Isabel Rodríguez no se le conoció
públicamente ninguna pareja y mantuvo la relación con la azafata en la sombra.
Todo en él es misterioso, cuando una persona oculta tanto es porque no hay nada
bueno y lo mantiene en la sombra.
En su funeral la televisión pública
venezolana mostraba a muchas mujeres que lo consideraban como un «padre» o como
un «marido» por todo lo que les «había dado».
Su séquito lo controlaba, lo tenían medio secuestrado.
Esta gente le aconsejaba las cosas más negativas para seguir en el poder
Se construyó un mito en sus últimos momentos. Ya
estaba preparándose porque sabía que iba a morir. Para construir un mito y una
leyenda alrededor de él. Convertirlo en un referente, en un dios después de su
muerte. Pero no sabemos, porque no se conoce la partida de muerte. En su
funeral había dos ataúdes, en el que lo pasearon por toda Caracas y otro el que
mostraron en la academia. Son dos sarcófagos distintos. No era Chávez, era un
muñeco. No se sabe dónde está enterrado. Mucho misterio. No hay posibilidad de
investigar a fondo. Y la gente que sabe la verdad tiene miedo y no habla. Se
construyó la cuestión épica del caudillo. Había que explotar en ese sentimiento
místico. Se quería construir un ídolo pero de barro. Maduro creía que debía
imitar hasta en eso. Decir locuras queda muy bien, pero son ignorancias. Cuando
caiga Maduro, Chávez también caerá.
Chávez murió cuando «su sistema» se
empezaba a colapsar.
Hasta en eso tuvo suerte. Tuvo la fortuna de que el
hundimiento de su obra la esté ejecutando Maduro, su hijo, y además de
encontrarse a la azafata que en sus últimos días le dio afecto que cualquier
enfermo en esas condiciones necesita.
Tuvo un fuerte apoyo mediático al inicio.
¿Usted se ha sentido fascinada alguna vez por su figura?
Nunca me he sentido fascinado por él. Porque cuando lo
conocí es tras dar el golpe, ingresé al cuartel donde estuvo prisionero y le
hice una entrevista. Le pregunté sobre el programa de ese golpe del 4-F. Me
relató todo lo que iba a hacer, una asamblea constituyente, una nueva
constitución, un plan con mayor control del gobierno sobre los medios de
producción y ahí me di cuenta de lo que podía pasar.
Le hizo varias entrevistas.
Entrevisté a Chávez unas 16 veces, lo conocí bastante
bien tanto por teléfono como en persona. Era un político muy seductor, muy
carismático, que seducía y enamoraba a la gente. Pero había que tener cuidado
porque si conocías lo que escondía detrás...
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