El 1S quedó confirmado que, existiendo
todas las condiciones objetivas para la rebelión popular (cesión de la
soberanía a Cuba, colapso económico, empobrecimiento general, crisis
humanitaria, escasez de alimentos y medicinas, hiperinflación, inseguridad extrema,
corrupción general, narcotiranía, deterioro de todos los servicios), está dada
también la condición subjetiva fundamental: la gente quiere salir de Maduro ya,
que se vaya y se lleve con él el sistema político-económico comunista que nos
ha impuesto Cuba , de la cual es títere.
Igualmente comprobamos que, a pesar de
estar dadas todas estas condiciones, no se ha producido la rebelión popular que
desemboque en la toma del poder, porque existe un vacío de liderazgo. Si es
verdad que los castrocomunistas están sin líder, ya que Maduro no lo es,
tampoco los políticos de la MUD lo son. Tanto Maduro como ellos son simplemente
burócratas, unos políticos profesionales que gerencian sus partidos como
negocios particulares. Podríamos llamarlos “apparatchik” (hombres del aparato)
para usar la denominación que se le dio en el sistema soviético a las figuras
sin brillo que controlan los partidos. Todos son “apparatchik”, sin la
jerarquía de líderes que ninguno ha alcanzado. Precisamente por esta
circunstancia la crisis terminal del sistema político-social se ha prolongado
demasiado sin tener desenlace. Un líder hubiera aprovechado la Toma de Caracas
del 1S para emular el 19 de abril de 1810 ó el 21-23 de enero de 1958. Por no
serlo estos “apparatchik” la degradaron a paseo multitudinario por las calles.
Los observadores extranjeros deberán haber llegado a la conclusión que
anticipamos nosotros: dieron la imagen de unos solemnes pendejos. Usando
términos taurinos, no obstante tener la espada en la mano, el toro se les fue
vivo a los corrales. Fue lo que pasó.
Es la segunda vez que sucede. El 6D el pueblo les dio poder y mandato para salir de Maduro ya, eligiendo 116 diputados, que son mayoría calificada. Lo podían hacer, y aún pueden, aplicándole los Arts. 233, 333 y 350 de la Constitución: 1) Por ser títere de Cuba; 2) Por no ser venezolano por nacimiento y, en todo caso, tener doble nacionalidad; 3) Por haber roto el orden constitucional; 4) Por haber delegado la jefatura del gobierno en el general Padrino; y, 5) Por actuar inconstitucionalmente en estado de excepción a pesar de haberlo negado la AN.
Si fueran líderes habrían tomado esta
decisión antes del 1S, de modo que la toma de Caracas habría servido para que
el pueblo, en quien reside la soberanía, la hubiese hecho cumplir. Era el
procedimiento constitucional ajustado a la situación. Prefirieron tomar a
Caracas para hacer un cacerolazo. Lo más ridículo que se les ha podido ocurrir.
Dejaron a la gente con las manos vacías. Ni revocatorio de votos, ni
revocatorio de calle, ni nada de nada. Y Maduro allí en el poder, flotando en
el aire, pero sin caer porque la MUD lo levita. No es que lo tumba. Es que no
lo deja caer por efectos de la gravedad.
¿Porqué la MUD se comporta así? La
respuesta es sencilla. Los colaboracionistas condicionan su estrategia. No
todos son colaboracionistas. Hay quienes no lo son. Pero éstos se dejan dominar
por los colaboracionistas ante la amenaza de quedar sin postulación ni cargo en
las gobernaciones.
Al comenzar la carrera de derecho el
recordado profesor Arístides Calvani nos habló del vacío. Comenzó por el
jurídico y explicó cómo se llena. Y sobre el político insistió repetidas veces:
“el vacío político es una tentación irresistible, siempre hay alguien que lo
llena.” Hago mías sus palabras, para advertir, visto que los
no-colaboracionistas se han dejado dominar por los colaboracionistas, y cuando
no hay liderazgo civil, como se demostró el 1S, se abre el espacio para el
liderazgo militar. Lo enseña la historia de Venezuela y la universal. Obviaré
la nuestra para referirme a la Francia ocupada por Alemania, como hoy Venezuela
lo está por Cuba. De Gaulle suplió el vacío de liderazgo civil y pasó a la
historia encabezando la liberación y reconstrucción de su patria.
La mesa está servida para el que se
atreva, civil o militar, a llenar el vacío de liderazgo, haciéndose intérprete
del cambio radical y profundo que anhela la gente.


